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Balance 2021: Reflexiones sobre las herramientas de Evaluación.

Magdalena Fernández Lemos, nuestra Directora Ejecutiva de Enseñá Por Argentina, hace un análisis sobre los resultados de la evaluación de calidad educativa realizada por la UNESCO y reflexiona sobre el objetivo principal de las evaluaciones.


Coincidentemente con el fin de año y el comienzo de uno nuevo, entendido colectivamente como espacio de introspección para pensar en lo que pasó, lo que atesoramos, lo que deseamos dejar ir y lo que queremos construir, propongo reflexionar sobre las herramientas de evaluación de las que disponemos para el ámbito educativo.


Los últimos días de noviembre se conocieron los resul tados de la evaluación de calidad

educativa realizada por la Unesco para América Latina. Como suele suceder, la noticia

atrajo el interés mediático y social que, salvo contadas ocasiones, suele mantenerse al

margen de la compleja realidad educativa.


Los datos que arrojó el estudio fueron presentados en tono de catástrofe. Por supuesto, no

es para menos: Argentina empeoró su rendimiento respecto de la última medición realizada

en 2013, no solamente en relación a sí misma sino también en comparación con los otros

países de la región. Los resultados funcionaron como carne de cañón para seguir

alimentando la artillería discursiva de la grieta política que prefiere seguir buscando

culpables en lugar de soluciones.


Pero el objetivo principal de las evaluaciones es mejorar el aprendizaje. Los números

obtenidos no son valiosos por sí mismos, su utilidad radica en el modo en que nos permiten

acercarnos a un diagnóstico y diseñar estrategias a futuro.


Hablar de evaluación en la escuela lleva inevitablemente a una asociación con la instancia

de calificación: lo único que importa es saber dónde estamos en esa escala que va del 1 al

10, que alguien nos diga qué número somos y, sobre todo, si ese dígito nos alcanza o no

para aprobar. Es un paradigma de éxito o fracaso propio del modelo educativo heredado de

la sociedad industrial, una construcción que lleva más de un siglo ordenando a todas y

todos los estudiantes de la misma manera, iguales ante la ley y ante el aprendizaje. Hasta

que llega el momento de evaluación y calificación, que permite realizar una discriminación

entre esa masa aparentemente homogénea y distinguir dos grupos bien diferenciados: los

que saben y los que no.


Si nos concentramos en los efectos que estos criterios ordenadores tienen sobre quienes

están siendo evaluados surgen dos conceptos interrelacionados. Por un lado, la noción de

ajenidad: las y los estudiantes no se sienten partícipes de su proceso de evaluación. Por

otro lado y como consecuencia de la anterior, la idea de causalidad externa: el resultado

depende del azar, de la suerte, de que me toque el tema difícil o el que justo había leído

antes de rendir.


La cultura del examen puede ser reemplazada entonces por una cultura de la evaluación,

entendiendo que no hay una única forma ni momento de evaluar, que evaluar no es sinónimo de calificación y, fundamentalmente, que calificación no siempre es sinónimo de saber.


De esta manera, lo más importante es preguntarnos ¿para qué queremos evaluar? El

objetivo de la evaluación debe ser siempre el aprendizaje, y eso abre un abanico de

posibilidades y estrategias que trascienden ampliamente al momento del examen tradicional

para dar lugar al intercambio, crecimiento y desarrollo de cada individuo.


Algunas pistas para empezar a hacerlo: diversificar instrumentos de evaluación (la única

manera de evaluar no es con exámenes tradicionales, de hecho cuánta más variedad

tengamos en las actividades que propongamos, mejor); favorecer procesos de

metacognición (¿qué estoy aprendiendo? ¿cómo estoy aprendiéndolo?); ofrecer

retroalimentación formativa (es decir, aquella que sirve para fortalecer y potenciar el

proceso de aprendizaje); promover la autoevaluación y la evaluación entre pares (¿cómo

me evalúo? ¿cómo evaluó a mis compañeros?); asociar a los estudiantes en la definición de

criterios (criterios claros y conocidos, en el mejor de los casos, co-construidos).


El desafío es trabajar desde la evaluación formativa y al mismo tiempo certificar

aprendizajes, sin sacrificar la primera en favor de la segunda. A modo de balance de fin de

año, vale recordar que todavía estamos muy lejos de modificar completamente el paradigma

instalado, pero la buena noticia es que con empezar a pensarlo ya estamos avanzando.



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